Bienvenido a mi dominio

¡Hola a todos!

Hace poco comencé a escribir, todo empezó como un reto que me pusieron, y este es el resultado, quiero comentaros que no todo el mundo le puede gustar lo que escribo, eso no quiere decir que sea un vivo reflejo de lo que soy.

Esto no lo podría hacer sin la ayuda incondicional de Mary Ann corrigiendo mis fallos garrafales y sin May Packer editando el blog. Gracias Chicas.


domingo, 30 de marzo de 2014

NOCHE DE AMBERES III

Noche de Amberes III



Nos despertamos con una resaca un poco achampanada. Me dolía la cabeza y solo tenía ganas de quedarme en la cama. 

Jessica se fue a la ducha. Cuando volvió, me había vuelto a dormir. Ella sin quererme despertar, se bajó a la cafetería a desayunar, y aprovechó para pasear y hacer algo de shopping.

Cuando me desperté, y vi que no estaba la llamé por teléfono:

Hola, ¿por dónde andas?

—Estoy por la calle principal, no quise despertarte. ¿Cómo te encuentras?

—Uffff… Me duele un poco la cabeza. Anoche bebimos un poco de champán —Le contesté soltando un carcajada.

—Jajaja… Sí, sólo un poco… ¿Qué piensas hacer? —me preguntó.

—No sé Jessica. Voy a ducharme y comer algo. Son las cinco de la tarde, nos quedamos aquí una noche más, ¿verdad?

—Sí claro, esta noche nos quedamos aquí. Saldremos a cenar si quieres a un restaurante de aquí, y nos meteremos pronto a la cama. Mañana salimos temprano.

—¿Temprano? ¿A dónde me quieres llevar?

—Bueno, bueno, no preguntes, déjame que te sorprenda. ––Me contestó sonriendo.

Las sorpresas de ella me daban miedo, pero a la vez me agradaban. Nunca sabías lo que podía ser.

—Come algo ligero y a las nueve vamos a cenar. Yo estaré ahí dentro de una horita.

—Vale, te veo en la cafetería.

Me metí a la ducha, ¡Diosss… Qué sensación más buena, sentir esa cantidad de agua caliente sobre mi cabeza. Me bajé y me pedí un café americano con un poco de leche, y unas tostadas con filette Americane. Ojeé un poco el diario del día, y me fijé en aquel anuncio: en él se explicaba que en dos días habría posibilidad de correr con coche propio en parte del circuito de Francochamps y pasar por la curva Larouge. ¡Joder, poder correr en ese circuito con el SLK seria un sueño! Con sus casi 300 caballos… y pasar por esa curva que en su parte alta era ciega… ¡Sería una auténtica subida de adrenalina!

Jessica entró a la cafetería cargada de bolsas.

—¡Vaya, vaya! ¿Girls shopping day? ¡Cómo se nota que te gusta comprar!

—Sí, he visto varias cosas que me gustaban, y las he comprado. ¿Cómo te sientes? ¿Recuperado?

—Sí, este café y las tostadas me han devuelto la vida.

Nos subimos a la habitación un rato y vino lo inevitable:

—Bueno Víctor, no hemos podido hablar sobre lo de anoche. ¿Qué te pareció la experiencia?

—Pues si te tengo que ser sincero, me pareció de locura. Todavía no sé cómo pude hacerlo, pero me gustó… y ¡me gustó mucho! —Le respondí mirándole directamente a los ojos —Y ahora entiendo también lo de tu tatuaje en la espalda: es lo mismo que ponía en el lienzo colgado de la pared.

—¡Jajaja… buen observador! Sí, me lo hice después de la primera vez que vine. Me gustó el significado y desde entonces me lo aplico cada vez que quiero y me apetece.

—Y… ¿has venido aquí también con tu marido?

—No, él no sabe nada de esto. Él está muy ocupado con su barco, sólo le interesa navegar, pasar tiempo en alta mar… – suspiró Jessica

—¿Es por eso que buscas lo prohibido?

—¡Sí! Me da vida, y fuerzas para seguir con mi matrimonio. Yo quiero a mi marido, pero lo nuestro ha llegado a un límite que sólo se sustenta por el negocio del velero.

—Pero… – quise preguntar, cuando me interrumpió.

—Mira Víctor, yo no pregunto nada de tu vida privada. Dejemos esto tal y como es: yo me he encaprichado contigo y quiero satisfacerte en todo. Es mi manera de poder entregarme a alguien sin pedir nada a cambio.

No supe qué contestar. Sólo que me acerqué, la besé suavemente y respondí:

—Y yo te lo agradezco, jamás me había imaginado esto. Gracias.

Ella se levantó, cogió una de las bolsas grandes y me la dio.

—Toma, ábrelo, es un regalo que te hago. Espero que te guste.

Lo abrí. Era un cuadro pintado a carboncillo. Una mujer semidesnuda con el pelo suelto. Tenía un aire a ella.

—¡Wow, Jessica, qué preciosa! Me encanta. Lo colgaré en mi habitación y cada vez que lo mire, me acordaré de ti.

—Me alegro de que te guste. Por eso mismo lo compré, para que te acuerdes de mí, y no olvides estos días.

Era una mujer increíble, pero yo mantenía mis emociones a raya. Me empezaba a gustar de verdad, y no quería hacerme daño: al fin y acabo era casada. Nos abrazamos y decidimos prepararnos para ir a cenar. Ella había reservado en un asador junto al río.

Yo me puse a afeitarme mientras ella se metía a la ducha. Su cuerpo desnudo, verla como se echaba espuma por sus pechos mientras me miraba fijamente a través del espejo, con sus ojos desafiantes, me excitaba tanto que entré a la ducha y de un movimiento le di la vuelta y la empalé duramente. Le introduje mi polla erecta en su vagina:

—¿Es esto lo que quieres? ¿ Que te folle duro?

—¡Sí! ¡Fóllame así, por detrás, hazme tuya!

La embestía duramente, como si estuviera poseído. Ella gemía de placer, pidiendo que le diera más duro, que le azotara el culo.

—¡Joder, Víctor… Me gusta cómo me estas follando ¡Cógeme del pelo y tírame de él!

Le tiraba de aquel pelo rubio con fuerza mientras ella se masturbaba su clítoris hinchado, llegando al orgasmo, pidiéndome que la penetrara lo más duro que pudiera. Eso me hizo enloquecer, dándole tan duro, que me hizo llegar y correrme dentro.

—¡Víctor, me vuelves loca! ¡Cómo me gusta que me folles, así, sin esperármelo!

—Jessica, me alegro de oír eso, porque a mí me encanta hacértelo.

Nos arreglamos y salimos a aquel restaurante en que había reservado. Fuimos andando, ya que no estaba lejos. ¡Qué bonito era ese lugar de noche, las luces de las farolas reflejado en el río, la catedral iluminada con su Citadelle custodiándolo! Llegamos al restaurante, muy coqueto, con iluminación tenue y nos recibió el maître.

—Bon soir, Mademoiselle, monsieur, ¿tienen mesa reservada?

—Sí monsieur, a nombre de Suárez.

—Síganme por favor.

Nos llevó a un saloncito privado, donde no había más que cuatro mesas, con campanas extractoras encima de ellas.

—Donde gusten señores, os recomiendo la mesa del fondo.

—¡Qué bonito es este lugar, gracias por traerme aquí!

— De nada. Suponía que después del marisco de anoche, te apetecería algo de carne. Y aquí sirven la mejor carne que puedes encontrar y encima, te la puedes hacer a tu gusto aquí, en la mesa.

—Sabes cómo sorprenderme Jessica, me encanta asar la carne a mi gusto. Suelo ir mucho al asador que hay junto a la estación de trenes en Amberes.

—Jajaja... Vaya, otro acierto entonces. Me alegro. —Me respondió con una sonrisa.

Nos pedimos un combinado de carne de vacuno, con salsas y patatas al horno como guarnición, regado con un vino tinto crianza.

—Jessica, sé que salimos mañana a un destino sorpresa, pero quería comentarte algo que he visto en el periódico y me gustaría hacerlo, ya que estamos aquí.

—Dime, ¿qué es?

—Dentro de dos días, abren el circuito de Francochamps al público, para poder correr con tu propio coche, y ya que estamos aquí, me haría ilusión correr con el SLK.

—Víctor, me encantaría hacerte realidad ese sueño, pero lo que tengo planeado te va a gustar.

—¿Y como sabes eso? ¿Cómo estas tan segura de ello? – Le pregunté con voz de decepción.

—Simplemente lo sé, pero te prometo que si no te gusta lo que tengo planeado, estaremos aquí pasado mañana para que puedas cumplir tu deseo de correr.

—Vale, trato hecho. – Le contesté.

Tampoco era cuestión de pedir o exigir. Al fin y a cabo, ella proponía y yo aceptaba.

Cenamos bien rico, la carne se cortaba como la mantequilla, el vino era excelente y el postre… ¡Qué decir del postre! Eso me lo quedo para mí.

Era casi media noche y decidimos irnos a dormir. Jessica quería salir temprano a algún destino, que por mucho que le preguntara, no había manera que me dijera. A la mañana siguiente, un susurro me despertó.

—¡Buenos días Víctor, hora de despertarse, empieza la sorpresa!

Miré el reloj: eran las seis de la mañana.

—¡Jessica… mira la hora que es! —Le contesté dormido. —¿No podemos quedarnos un poco más? ¡Ni que fuéramos a Oostende, que está a cinco horas de camino de aquí.

—¡Venga gruñón! Que nos espera un camino algo más largo que eso. —Sonrió con picardía.

—¿Más que eso? Pero ¿a dónde me llevas?

—Nos vamos a… No te lo digo aún. Lo sabrás cuando estemos en el coche y lo programe en el GPS.

—¡Vale! Pero antes de eso… ¿qué te parece si me despiertas bien con una mamada?

—Hmmmm… ¿Quieres que te la chupe de buena mañana?

—¡Sí… me encanta que me la chupen recién despierto!

Jessica se metió debajo de las sabanas, me bajó los shorts, y empezó a chuparla con delicadeza, jugando con ella, como si fuera una piruleta, consiguiendo una erección al instante. ¡Dios, qué bien la chupaba! Sabía llevar en cada momento el ritmo con la boca y la mano.

—¡Joder Jessica, qué rico lo haces! Intenta metértela entera en tu boca, quiero sentirla entera dentro.

Poco a poco fue metiéndola entera en sus labios, mientras me masajeaba los huevos, no dejaba de mover la lengua. Me la mamó sin sacarla, haciéndome llegar al clímax, corriéndome en su garganta. No paró de succionar, sin inmutarse, tragándose todo mi semen.

—¡Mmmmm, qué rica estaba tu leche, calentita! —Dijo relamiéndose. —Y ahora que estás bien despierto… ¡Vamos! ¡A ducharse, que nos vamos!

Se levantó y como siempre, se metió primero a la ducha. Yo me quede en la cama, recuperándome de mi despertar mañanero. Cuando salió de la ducha, me tocó a mí. Y una vez recogido todo, bajamos y nos despedimos de la Madamme del hotel.

Nos subimos al coche y Jessica me mandó cerrar los ojos. No quería que viera el destino final, sino que condujera obedeciendo a esa voz femenina del GPS.

—Bueno muchacho, ya está: ¡a conducir! y sorpréndete de tu nuevo destino. —Me dijo con una sonrisa.

Metí la directa y allá fuimos. Conducir en aquel coche era una gozada y no se me quitaba de la cabeza la posibilidad de correr en el circuito. Conduje por unas dos horas, dirección París. Me extrañaba, pues solo íbamos por autopista, hasta que vi el cartel de Aduana de Francia.

—Jessica, ¿vamos a Paris? —Le pregunté sorprendido.

—No lo sé… tendrás que esperar hasta que la voz te diga “Ha llegado usted a su destino”. —Me contestó con una sonrisa. —Me gusta verte con esa cara de sorpresa Víctor. Es lo que echo de menos en un hombre: que pueda sorprenderle y hacerle sentir bien y único.

—Pues lo estas consiguiendo: me sorprendes cada vez más.

Pasamos la frontera, cuando la voz me hizo desviarme del destino que yo pensaba que iba a ser. Ahora me indicaba en dirección hacia la costa, lo cual me sorprendió aún más.

No quise preguntar, sería tontería y absurdo, pues su boca estaba sellada, así que me limité a disfrutar del paisaje y de su compañía.

Seguimos hablando: observé que ahora había más fluidez y nos contábamos experiencias vividas. Después de cuatro horas y media de conducir por unos paisajes verdes, atravesando la zona de Normandía, llegamos.

“Ha llegado usted a su destino”. Y ahí estaba: un castillo catedral en medio del mar, rodeado de casitas medievales, Mont Saint Michelle.

Jamás había visto algo tan bonito. Mi sonrisa era de oreja a oreja, y mis ojos brillaban de felicidad.

—¡Dios Jessica, qué bonito es este lugar! Pero ¿cómo sabes que me pueden gustar estas cosas tanto?

—Ay amigo, será intuición femenina, pero sabía que esto no podía fallar contigo.

—Pues has acertado, cielo. Si hay algo que me fascina es esto y todo lo relacionado con la segunda guerra mundial. ¡Y encima estamos cerca de la zona del “D day”!

—Lo sé, y por eso te he traído aquí. Quiero que pasemos el día aquí y conducir por toda la zona del desembarco.

—Gracias Jess. No sé cómo agradecerte todo lo que estás haciendo. Jamás me pude imaginar que cambiaría mis vacaciones en España, y encontrarme aquí, junto a una mujer bella, hermosa, y que encima sabe lo que me gusta, como si fueras una pitonisa. Jajajaja.

—Me alegro que lo hicieras. Ahora vamos a pasear por el castillo y a disfrutar de una buena mariscada.

Dejamos el coche fuera, en el parking, ya que era imposible llegar con él: sólo se podía acceder con marea baja.

Pasamos por el arco de entrada, y ¡entramos en otro mundo! ¡Como si estuviéramos en el siglo XVI! Calles empedradas, llenos de puestos ambulantes y pequeños restaurantes, la mayoría de mariscos.

Entramos a uno de ellos que tenía una terraza medio flotante sobre el acantilado. El tiempo acompañaba, hacía calor y podíamos disfrutar de esas maravillosas vistas.

Nos pedimos unas ostras planas, unos langostinos en salsa de nata con puerros, y como plato fuerte lenguado en salsa de naranja, todo ello regado con una botella de Moët & Chandon Cordon Rouge, ya que no tenían el Don Perignon que a ella tanto gustaba.

Era todo tan perfecto: buena compañía, un lugar increíble,… y todo sin soltar un Euro. Me sentía como un gigoló, y eso en cierto modo me incomodaba, pero es que ella no dejaba que pagara nada.

Después de la comida, nos dimos una vuelta por las calles empinadas que subían hacia la catedral, donde en lo alto de la torre, había un ángel guerrero de color oro pisando con su pie a un dragón: ese era Saint Michelle.

Por la tarde, cogimos el coche y nos fuimos a ver la playa de Omah, donde desembarcaron los Americanos para terminar con la tiranía de los alemanes.

Había bunkers por todas partes y museos que exponían todo tipo de artículos de la guerra.

Jessica me miraba y disfrutaba de mi alegría, de verme contento con esta sorpresa.

—¿Te lo estás pasando bien? —Me preguntó con su sonrisa peculiar.

—¿Que si me lo estoy pasando bien? Estoy como un niño con zapatos nuevos: siempre quise venir a este lugar y ver parte de la historia que cambió el mundo.  —Respondí entusiasmado.

Pasamos toda la tarde por la zona hasta que llego la noche y era hora de buscar un hotel.

—Bueno, supongo que el detalle de pasar la noche también lo has pensado, aunque no sé cómo ni en qué momentos lo haces o planeas.

—No, es verdad, no se me ha pasado ese detalle. He reservado una habitación en un hotel cerca de aquí. Cuando quieras vamos.

—Pues sí. Quiero ducharme, cenar y echarte un buen polvo. Quiero agradecerte todo esto con una buena sesión de sexo.

—¡Hmmmm… me gusta el plan! Sólo de pensarlo me pones cachonda. ¿No quieres que te la chupe aquí mismo, en el coche? —Me preguntó riendo.

—¡Qué caliente eres, Jessica! Me pones muy cachondo, pero prefiero esperar al hotel.

Nos fuimos al hotel que había reservado. Nos duchamos, cenamos en el restaurante del hotel, y subimos a la habitación.

Esta vez era muy sencillo, pero muy limpio, y la cama era enorme.

Cuando abrió la puerta, la cogí por la cintura y la empujé hacia la pared. Empecé a besarla, mientras me disponía a meter mi mano debajo de su falda, buscando su coño caliente. Estaba muy cachondo, y eso se lo transmitía a ella.

—¡Joder Víctor, cómo estás! ¿Me quieres poseer con fuerza? Me gusta la idea. —Jadeó mientras le introduje mis dedos en su hendidura.

Le subí la falda, y le bajé su tanga diminuta, despacito,… le besé los pechos y el ombligo,… hasta llegar a su… ¡Dios, qué bien olía! Estaba tan húmeda… empecé a lamer su rasurado coño, mientras pasaba sus piernas por encima de mis hombros y de un empujón, la levante hacia arriba, teniéndola a mi merced, sólo para mí, sin poder hacer nada, contra la pared.

—¡Joder Víctor! ¡Soy toda tuya! —Me jadeaba mientras me cogía del pelo, apretándome más hacia su humedad.

La lamí con tanta fuerza y pasión que ahí mismo tuvo su primer orgasmo, ofreciéndome su líquido.

—Sujétate Jess. Voy a llevarte a la cama.

Se sujetó y sin dejar de lamer, la tumbé en la cama. Le quite su falda y su parte superior, dejándola sólo con su sujetador.

—¡Ven aquí, déjame que te desnude Víctor! —Me pidió suplicándome.

Me acerqué a ella, y empezó desabrochándome los botones de la camisa, besándome el torso, mordiéndome los pezones, pasando su lengua húmeda. Después mis pantalones, dejándome con mis shorts azules.

—Hmmm… ¿Qué tenemos aquí, tan duro? —me preguntó sugerente.

—¿Lo deseas, Jessica? —le ofrecí yo.

Sin responder, la sacó y se la metió en su boca. Eso respondió a mi pregunta.

Empezó a chupármela como ella sabía, primero con delicadeza, jugando con ella, pero humedeciéndola con su saliva. (¡Bufff, me encanta que me la pongan así!) Después aumentaba el ritmo, metiendo mi polla dura entera en su boca.

—¡Para Jessica, que me haces correr!  —Le supliqué, aunque en el fondo no quería que parara, pero estaba cansado y si me corría en ese momento, no podría después tener otro orgasmo.

Así que la paré y le pedí ponerse de rodillas en la cama, para poder penetrarla por detrás.

¡Dios, qué culo más perfecto! Me gustaba tenerla en esa posición, me dejaba penetrarla mientras jugaba con su ano y observaba las letras árabes.

La empalé suavemente, viendo como entraba mi polla erecta. La follaba con un ritmo suave, sujetándome con una mano en su glúteo firme, mientras con la otra jugaba con su ano, penetrándola con mi dedo.

—¿Te gusta que te folle así? ¿Jugando con tu culo?

—Me encanta, me pones muy cachonda, caliente, quiero que me penetres mi culo mientras me frotas mi coño —me aclaró ella.

Cumpliendo sus órdenes, la humedecí bien su culo e introduciéndolo suavemente, empecé a follarla, sacándole unos gemidos de placer que a la vez me volvían loco a mí. Cuando estaba a punto de correrme, paré. Le di la vuelta, la cogí en peso y apoyado contra la pared le dije:

—Vamos a terminar esto como lo empezamos, contra la pared.

—¡Joder Víctor! ¿Me vas a follar por el culo así? —Me preguntó asustada.

—Pero… Víctor… Me vas a…

Sin darle tiempo a terminar, la empalé el culo, dejando que el peso la penetrara completamente. Empezamos a aumentar el ritmo, mientras ella se masturbaba su clítoris, gritaba, gemía fuerte de placer, sin importarle que los otros huéspedes pudieran oírla, llegando al clímax, haciendo que me corriera en su culo a la vez.

—¡Joder, Jessica! ¡Te has vuelto loca, con esos gritos has despertado a medio hotel! —Le dije riéndome.

—¡Pues para que se enteren que aquí se ha follado! Jajajaja. —Me contestó agotada.

La lleve a la cama, con mi pene aun dentro, y así nos quedamos un momento recuperando el aliento.

—Me encanta que me folles así Víctor. Me gusta pasar tiempo contigo, me haces reír y me encanta aún más verte lo feliz que te hago con mis sorpresas. Ojalá pudiéramos tener esta relación cada vez que yo viniera a Bélgica.

Eso me descolocó, porque todo empezó como una aventura de una noche, y ahora me estaba pidiendo que fuera su amante.

—Jessica, me gusta lo que estamos viviendo. Soy soltero y no me importa en este momento ser tu amante. Pero mis perspectivas son otras: quiero enamorarme y entregarme a una sola persona y está claro que contigo eso no podría ser.

—Lo sé, perdóname. Ha sido egoísta por mi parte, no tenía que haberte preguntado.

—Bueno, no te preocupes. Venga, vamos a ducharnos y a dormir.

Los días pasaron. Ella me llevaba de un sitio a otro, por toda la costa de Normandía, y cada día era mejor que el otro. No me podía imaginar en mis mejores sueños unas vacaciones así.

Llegó el día de despedirnos, y lo hicimos sabiendo que ahí terminaba todo. Estuvimos unos días en contacto por teléfono, recordando las vivencias, y yo no podía olvidar la frase de su tatuaje: “Disfruta de lo prohibido” = التمتع ممنوع.

Recordaba también otra de las máximas de Jessica: “Lo prohibido lo hace más interesante”

En poco tiempo dejó de llamar y no supe nada más de ella. Yo seguí con mi vida pensando, que igual me podía dedicar a ser acompañante de mujeres falta de afecto y aventuras.




Fin